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sábado, 27 de octubre de 2012

Reflexiones: La literatura es curativa


Fragmentos de una entrevista a la escritora Nicole Krauss realizada por Marina Mariasch.

(…)
—¿Qué es aquello que encuentra en textos de otros que los hace interesantes? ¿La dinámica, lo sorpresivo, aquello que hace a la literatura en el texto?
—Para mí, lo que hace interesante a la buena literatura son muchas cosas, pero lo primero que me viene a la mente es la idea de que, en algún sentido, uno puede reconocerse a sí mismo, no quién es exactamente, pero sí la esencia de quién es, y eso, al mismo tiempo, nos da un sentido de revelación, una suerte de reconocimiento de la realidad. Poder leer una frase en un párrafo de un libro y sentir "Dios, esto es exactamente lo que yo siento". Siempre sentí eso, no sé, es como sentir, por ejemplo, estar caminando por una calle oscura en la noche, y ver una luz en una ventana. Uno está solo y desearía estar adentro. Y, al mismo tiempo, el libro nos brinda una increíble revelación. Para mí es una extraña combinación.

—¿Entonces encuentra ese efecto más bien en el nivel del sentido que en el de la forma?
—Bueno, podría pensar sobre esto durante horas, y por supuesto que nunca es una sola cosa. El sentido y la forma están, ambos, siempre, al servicio de su literatura, de sus metas. La buena escritura, o la bella escritura, no aportan realmente nada, no valen en sí mismas. Uno puede decir "qué lindo, qué adorable", pero no suma finalmente nada excepto que esté trabajando al servicio de algo más grande, en pos de una idea mucho más ambiciosa. La buena literatura es diferente en cada caso, es una exploración sobre la humanidad. Para mí, se trata de llegar a lugares a los que es muy difícil llegar, para mí misma, y supongo que finalmente también para los lectores, y no siempre los libros nos llevan a los lugares que usualmente queremos y, al mismo tiempo, nos desesperamos por llegar ahí. Necesitamos, sí, buen lenguaje, formas interesantes, originalidad y todo ese tipo de cosas, pero hay más herramientas para ayudarnos a hacer esta idea más grande.

—Lo que dice suena de alguna manera cercano al psicoanálisis: lleva a lugares adonde uno no quiere llegar pero tal vez necesite alcanzar.
—Sí, lo sé, podría disfrutar más las sesiones de terapia. Adoro leer un buen libro, una buena historia. No es medicinal, quiero decir, no en el sentido de la terapia. A nadie le gusta tener que curarse a uno mismo, o pensar en que tiene problemas. Creo que leer es un increíble medio para curarse a uno mismo. Leyendo una buena historia que te entretiene, donde te perdés en los personajes, te vas de viaje, te reís, llorás, todo al mismo tiempo y, en otros niveles más profundos, si se trata de un muy buen libro, hasta genera renovaciones en tu persona, en quién sos, en abrir puertas que no han sido abiertas por años, o décadas, o desde siempre. Puede ser revelador, pero no es tan doloroso porque no estás siempre consciente.

—¿Entonces piensa que la literatura, en línea con Boecio, puede brindar cierto consuelo?
—Yo creo que la literatura puede ser curativa. Bueno, tal vez finalmente no cura, tal vez sea una ilusión. Quisiera no creer en que lo sea, pero creo que permite sentir que uno está conectado con otras personas. Pienso que en nuestro mundo, siempre, pero especialmente hoy, hay una gran soledad, un enorme sentimiento de no saber cómo conectarse o conocer a otra gente, de estar algo perdido. Leyendo se genera una profunda relación e intimidad con el escritor y con los personajes y sus vidas, y eso es una suerte de cura. No digo que uno siempre se sienta mejor al finalizar un libro, pero siempre pienso que uno aprende acerca de la empatía, de la compasión, de cómo ser con otras personas. Y es extraño, porque en general uno está solo cuando lee.

Fuente: Clarin.com, 30 de junio de 2010.


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viernes, 28 de septiembre de 2012

Reflexiones: El microrrelato

Ana María Shua: La minificción tiene posibilidades infinitas.

Los microrrelatos requieren toda la atención del lector, afirma la autora de Cazadores de letras. "Son como una caja de bombones, si uno los come todos seguidos se empalaga".

Fragmentos de una entrevista hecha por SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ.
© BABELIA. Abril de 2009.


Los microrrelatos de Ana María Shua (Buenos Aires, 1951), que aparecen ahora reunidos en un volumen único (Cazadores de letras), son difícilmente clasificables: cuentos brevísimos, normalmente, de menos de 25 líneas, capaces de exigir al lector un esfuerzo de concentración y al mismo tiempo de proporcionarle un universo coherente y compacto, recorrido por una fina línea de humor y cotidianidad. Shua ha cultivado desde los 17 años este género tan especial, pero lo ha hecho alternándolo con la novela, la poesía, el cuento tradicional y la literatura infantil, hasta el punto de que no es posible analizar ninguna rama de la literatura argentina de los últimos treinta años sin tener en cuenta su brillante aportación. (…)

—¿En qué se diferencia un microrrelato de un cuento?
—En 25 líneas, como máximo, es imposible desarrollar personajes o su psicología; hay que trabajar con los conocimientos del lector, hacer como en las artes marciales, donde se aprovecha la fuerza del adversario. Usar los conocimientos del lector para seducirlo y que sea él mismo quien complete el significado. Juega mucho en esos límites. Hay que tener mucho cuidado en lograr que no cruce la frontera del chiste, porque eso es realmente peligroso, quedarse en un jueguito de ingenio.

—¿No son sólo un chispazo de ingenio?
—Deberían ser algo más; algunos son solamente eso, un chispazo de ingenio, pero los autores siempre quisiéramos que fueran también otra cosa. (…) en Argentina tenemos una fuerte tradición de microrrelato. El primer libro de este tipo fue Cuentos breves y extraordinarios, de Borges y Bioy Casares, en 1953. Y todos nuestros grandes escritores, los que han sido cuentistas, escribieron también microrrelatos. Borges, Cortázar, Bioy Casares.
(…)
—Como usted dice, el minirrelato es, por un lado, un género poco novedoso, pero, por otro, está muy relacionado con este tiempo, en el que todo va muy deprisa.
—Es un género que se adapta muy bien a Internet. En este sentido, sí tiene que ver con la cultura actual. Pero, por otro, los best sellers en Occidente son tremendos novelones de 800 páginas y nunca jamás un libro de minificción. Por algo será. En una novela, uno conoce un mundo, forma parte de alguna manera de él y puede entrar y salir tranquilamente en cualquier momento. Con el microrrelato es todo lo contrario, cada texto es independiente y requiere mucha atención. Cada texto es un pequeño cosmos que hay que comprender y por eso, en cierto modo, produce fatiga. Un libro de microrrelatos no es para leer de un tirón, como se puede decir de una novela; es todo lo contrario, algo como una caja de bombones, si uno los come todos seguidos se empalaga. No es un libro que se adapte a la velocidad y al poco tiempo que marca la cultura actual.

—Ese cansancio, ¿puede relacionarse también con el hecho de que son historias sin un contexto?
—Es el lector quien debe poner el contexto. Se le exige que preste una alta concentración y parte de sus conocimientos.

—Leí en algún lado una frase de Hemingway, o que se le atribuye a él: "Se venden zapatos de bebé que nunca han sido usados". ¿Eso es para usted un microrrelato?
—Es un microrrelato con una forma que considero fácil, la del "aviso clasificado". Trato de evitarla. Tengo una minificción de sólo tres palabras, pero no la he recogido en ningún libro: Terremoto busca profeta.

—¿No es un poco exagerada tanta exigencia al lector? Si yo tengo que crear la historia entera, a lo mejor no tengo necesidad de Hemingway, ¿no?
—Eso es interesante. Si el lector tiene que trabajar tanto, ¡para qué necesita al autor!

—¿Diría usted que el más clásico de todos los microrrelatos es el de Augusto Monterroso, el del dinosaurio?
—Es el más conocido.

—¿Pero es el más representativo?
—No necesariamente. Me parece que es limitado y hasta peligroso. Tiene esto que veníamos comentando, lo mismo que el de Hemingway, es demasiado breve. Tiene un elemento sorpresa y, por supuesto, es interesante y valioso. Pero creo que la minificción tiene posibilidades infinitas que, quizá, ese texto no muestra. Lo que pasa es que es perfecto y muy fácil de citar.
(…)
—Los microrrelatos son una lectura con muy buena acogida en la radio. Pero a mí me pone algo nerviosa, porque no me da tiempo a darme cuenta de lo que oigo.
—Eso es fundamental. Es la teoría del clic sobre la que discutimos mucho los escritores y los críticos. Yo creo en la teoría del clic. Las minificciones necesitan espacio, aire alrededor. Tienen que estar solas en la página y también necesitan espacio cuando se las lee. Una minificción necesita unos 20 segundos de silencio para que se produzca ese clic de comprensión en la mente.


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miércoles, 8 de agosto de 2012

Reflexiones: Pérez-Reverte y la creación literaria

Fragmentos de una entrevista a Arturo Pérez-Reverte realizada por Adrián Sack.


Fuente: La Nación. Semana del 23 de abril de 2010.
Más información: www.lanacion.com


(…)
–¿Considera que la vida es demasiado breve para escribir tanto como usted quisiera?


–Hay dos tipos de escritor: el que dice: "Quiero escribir, pero no consigo darme cuenta de qué escribir", y el que dice: "Quiero escribir y no encuentro el tiempo para hacerlo". Eso demarca dos tipos de literatura. Y yo soy de este segundo y último tipo. Tengo muchas historias que contar: mi vida es una continua elección entre lo que alcanzaré a contar y lo que morirá conmigo. Hay historias que viven conmigo y se transforman en novela, y otras que jamás llegan a fraguar. Soy alguien con mucho por contar, aunque ahora tengo ya 58 años y por más larga vida que me quede, no sé cuántas novelas podré escribir, tal vez cinco o seis más, así que tengo que elegir con mucho cuidado lo que hago y lo que no hago, porque lo que no haga ya nunca más lo haré, y en lo que sí decido hacer me puedo equivocar.



Vivir, leer, imaginar

Pérez-Reverte no duda en confirmar el estrecho vínculo que existe entre sus propias experiencias y su obra, aun cuando se muestra reacio a revelar detalles de esas correspondencias.


"Un novelista es producto de una sedimentación de vida; uno escribe sobre la base de lo que ha vivido, leído e imaginado. Yo no soy un escritor de barra de bar o de teoría de café, sino un escritor tardío que demora mucho tiempo en escribir porque ha pasado buena parte de su tiempo viviendo. Por eso mi novela tiene una mirada compleja, a veces dura, a veces cruel, ya que parte de mi vida. Javier Marías y yo, que somos grandes amigos, siempre decimos que somos dos chicos que en el colegio habíamos leído los mismos libros, con la diferencia de que él quería leerlos y yo, vivirlos", explica.


–¿Está también El asedio ligada a su propia experiencia y a sus preocupaciones?


–Yo sé que mi tiempo se termina, como el de todos, y hay asuntos que quiero resolver, dolores que quiero calmar, serenidades que quiero conseguir, insultos que quiero proferir y blasfemias que quiero gritar. Escribir es una forma magnífica para canalizar todo aquello de una manera serena, y novelas como ésta, amplias, complejas y caudalosas, me permiten liquidar varios aspectos a la vez. Es una novela que tenía que ser larga porque debía resolver, de una sola tajada, muchos de los problemas personales que tengo.



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martes, 29 de mayo de 2012

Reflexiones: Nuevo dodecálogo de un cuentista

Andrés Neumann

I
Si no emociona, no cuenta.

II
La brevedad no es un fenómeno de escalas. La brevedad requiere sus propias estructuras.

III
En la extraña casa del cuento, los detalles son los pilares y el asunto principal, el tejado.

IV
Lo bello ha de ser preciso, como lo preciso ha de ser bello. Adjetivos: semillas del cuentista.

V
Unidad de efecto no significa que todos los elementos del relato deban converger en el mismo punto. Distraer: organizar la atención.

VI
Anillo afortunado: a quien escribe cuentos le ocurren cosas, a quien le ocurren cosas escribe cuentos.

VII
Los personajes aparecen en el cuento por casualidad, pasan de largo y siguen viviendo.

VIII
Nada mas trivial, narrativamente hablando, que un diálogo demasiado trascendente.

IX
Los buenos argumentos jamás pierden el tiempo argumentando.

X
Adentrarse en lo exterior. Las descripciones no son desvíos, sino atajos.

XI
Un cuento sabe cuando finaliza y se encarga de manifestarlo. Suele terminar antes, mucho antes que la vanidad del narrador.

XII
Un decálogo no es ejemplar, ni necesariamente transferible. Un dodecálogo, muchísimo menos.

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sábado, 28 de abril de 2012

Reflexiones: Los libros digitales y Umberto Eco

UMBERTO ECO Y LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS EN EL MUNDO EDITORIAL: CÓMO HACER PARA DEDICAR UN LIBRO DIGITAL

“El libro de papel no desaparecerá” y “la computadora es amiga de los libros”, fueron algunas de las definiciones que dejó Umberto Eco en su conferencia en el Salón del Libro de París en 2010. (…) “La computadora multiplicó los libros. Hoy nos la pasamos imprimiendo”, afirmó Eco, para luego asegurar que, entre sus ventajas, “la computadora permitió que todos puedan publicar sin pagar, así que arruinó a los editores que cobraban para publicar a los malos poetas” y que también dio nuevos lugares de expresión allí donde hay dictaduras.

“Sin embargo, para el autor de El nombre de la rosa, “Internet es un gran peligro para los libros porque no filtra. La cuestión es saber cuáles son los lugares donde buscar información sobre temas que no son de nuestra competencia. Si tengo que buscar algo sobre Física, no estoy en condiciones de saber qué es serio y qué no. Es un problema, porque la cultura radica en conservar algunas cosas y en dejar pasar otras. Ésa es su fuerza. Así que la materia del mañana en las escuelas será enseñar a filtrar”, explicó.

“La feria del libro más importante de Francia dedica cada año más espacio al libro digital y a los nuevos dispositivos de lectura, un tema que hace más evidentes ciertos discursos que anuncian la muerte del libro, en particular del de papel, contra los que Eco se enfrenta. “Hoy sabemos que un libro de papel dura al menos 600 años, porque lo tenemos. Pero en la actualidad, no tenemos ninguna prueba científica de que lo digital pueda durar. ¿Quién puede garantizar cuál será la duración de un disquete y si lo podremos utilizar en el futuro? El libro de papel se hace y nadie lo puede cambiar”, aseguró Eco, y dijo, en tono jocoso, que otra desventaja es que aún nadie sabe cómo se hará para dedicar un libro digital.

“Según el italiano, la cuestión que plantea el libro electrónico ante el pirateo tampoco es nueva para los libros, y dio como prueba que él tiene la primera edición de Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas –de 1844–, y que no es la oficial francesa, sino una que apareció dos meses antes en Bélgica en edición pirata.

“Eco recordó que en los 60 se hablaba del triunfo absoluto de la cultura de la imagen; argumento que quedó refutado con la computadora, que “impone el retorno a la cultura alfabética”. Ahora bien, “¿cuánta gente pasa hoy sólo por la cultura de la imagen y cuánta por la alfabética?”, se preguntó el semiólogo para decir: “Las estadísticas son muy claras: el problema es que se va a organizar una clase dirigente alfabetizada y un proletariado que es esclavo de las imágenes. Las últimas elecciones italianas son la demostración de eso: un tipo inteligente que es capaz de dominar el universo de las imágenes puede vencer a los que leen”.

“Quizá la utilización de la computadora después pase del 30% al 90%, pero por el momento hay una diferencia muy clara entre los ricos y los pobres”, siguió Eco, y aseguró que debe ser prioridad “enseñar a las próximas generaciones cómo leer las imágenes”.

Para concluir, Eco fue piadoso con las debilidades humanas y evocó a los animales: “Las gallinas tardaron un siglo en darse cuenta de que no tienen que cruzar la calle porque los autos las atropellan. Ahora aprendieron, pero les llevó un siglo. Así que dense cuenta de lo que nos pasa a nosotros con las computadoras”.


Por Iván Schuliaquer, desde París
Fuente: Crítica
Más información: www.criticadigital.com. Alrededor del 9 de abril de 2010.

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jueves, 5 de abril de 2012

Reflexiones

De los “horrores” que comenten los estudiantes y cómo pueden crear nuevos sentidos sin proponérselo. ¿Qué hubiera dicho Borges al respecto?

(…) “Cuando estudiábamos en la universidad, circulaba una colección de anécdotas sobre lapsus perturbadores de los que alguien había sido testigo. Resultado de la simple y llana ignorancia, de alguna distracción al tomar apuntes, de una memoria precaria cuando se estudia contra reloj o de los nervios traicioneros frente a la situación de examen, las equivocaciones estudiantiles tienen la propiedad de actuar sobre los contenidos escolásticos —como un ácido cuando corroe el metal— sometiéndolos a extrañas mutaciones de sentido hasta convertirlos en un absurdo.

"Se decía, por ejemplo, que alguien había hecho referencia en un examen a los textos de Willy Cané, escritor sobre quien nadie más que el interesado había escuchado hablar. Ese intempestivo agregado al canon de la literatura argentina, que suena a nombre artístico de cantante pop, era en realidad una síntesis de los nombres de Eduardo Wilde y Miguel Cané. Alguien había dicho “Wilde y Cané” y otro, improvisando una desmedida sinalefa, entendió “Willy Cané”. De pronto, por obra y gracia de una mala escucha, la literatura había dado a luz a un ente puramente nominalista, una criatura bifronte a quien se le adjudicaban vaya a saber qué obras: tal vez Juvenilia, Prometeo y cía., o En viaje por mares y por tierras o Charlas literarias aguas abajo.

“En otra anécdota, ‘Las velas de Ayolas’ —el reiterado ejemplo utilizado para explicar cómo funciona la figura retórica de la sinécdoque— se había transformado, mediante un pequeño enroque fonético, en ‘Las bolas de Ayelas’. En esa nueva formulación, la contigüidad ya no permitía pasar de los barcos comandados por el conquistador Ayolas a sus velámenes, sino que se abismaba en una vecindad mucho más inquietante donde el pobre Ayelas pasaba a ser sólo un gran par de testículos. Y así, mediante una inesperada paranomasia, el todo ya no podía ser representado por la parte sino que la exhibición de las partes (las partes pudendas) terminaba arruinando todo.

“Me contaron también que, en la Facultad de Psicología, un estudiante hizo referencia a ‘La gorda primitiva’ cuando fue interrogado sobre el ensayo ‘Tótem y tabú’, de Sigmund Freud. ¿Qué pudo entender del texto alguien que aplica a ‘la gorda’ los predicados que pertenecen a ‘la horda’? Acaso debía inferirse que la religión y la moral no se habrían originado en el temor y el sentimiento de culpa de la horda primitiva confabulada para asesinar al padre, sino que ese parricidio respondería al rencor de una salvaje con sobrepeso que se ocupó de ultimar al líder despótico.

“Pero, sin duda, el caso más desopilante fue el de ‘Las indiscreciones de los cardos’, extraño título (a mitad de camino entre el chisme y el cadáver exquisito) que bien podría aludir al texto de la imposible colaboración de Manuel Puig con André Bretón. La imaginación del transcriptor no iba tan lejos, sin embargo, y detenía la semiosis ilimitada del título atribuyéndoselo a Jorge Luis Borges. El ignoto ensayo, en realidad, era el resultado de escuchar mal el título menos hermético, menos lírico y más burocráticamente descriptivo que se anuncia en ‘Las inscripciones de los carros’. Yo leí esta mención equivocada en una de esas desgrabaciones que hacían los negocios de fotocopias en los alrededores de la facultad y que permitían a los alumnos ausentes reponer lo que se había enseñado durante las clases. Como esos apuntes tenían bastante difusión, se podría conjeturar qué escribieron en sus exámenes aquellos estudiantes que se animaron a explicar lo que Borges había dicho sobre el impulso chismoso y malediciente de ciertos vegetales con espinas.

“O sea: un error, pero que no deriva hacia el mero disparate sino que propicia la creación de un nuevo sentido. Se trata de un pequeño cambio que produce diferencias notables. De pronto —así como el cuerpo se tambalea al tropezar con una piedra—, también aquí un pequeño traspié de la lectura pone todo en entredicho. Es un mínimo corrimiento fonemático, pero que produce una alteración semántica radical. No un sinsentido, sino un sentido otro que entra en una relación compleja y contradictoria con el significado original de la frase. Algo se sale de lugar, pero no desaparece en la insignificancia, sino que somete todo a una nueva configuración significante. Borges, sin duda, habría disfrutado con estas interpretaciones que no hacían sino maximizar su propia dislexia, su modalidad daltónica de la lectura. (…)

“Si digo que Borges habría disfrutado con esos lapsus estudiantiles que adulteran la cita es porque tal vez habría advertido un texto nuevo ‘mejorado —como él solía decir— por las erratas’. En la mala repetición anida, de alguna manera, el gesto estético. Para percibir esto, ni siquiera es necesario llegar a la forma estridente de los lapsus. Antes incluso que ‘las indiscreciones de los cardos’, el concepto mismo del breve ensayo ‘Las inscripciones de los carros’ supone ya un desplazamiento. Todo el texto es un ejercicio de lectura. Y funciona porque Borges, digamos, lee mal. Ejerce una violencia productiva sobre esas anotaciones, las desconcierta, abona un sentido que les pertenece pero que, a la vez, no preexistía a su lectura. (…) La estrategia básica de la elocuencia borgeana, tal como aparece aquí, reside en presentar los materiales en un contexto distinto al que les es propio. En el corrimiento se produce esa resignificación que es el medio ambiente natural del retórico. Es lo que dice el escritor sobre esa sentencia que reza Tus besos fueron míos, ‘afirmación derivada de un vals, pero que por estar escrita en un carro se adorna de insolencia’”. (…)

Fragmentos de El espectador corto de vista: Borges y el cine. David Oubiña. Universidad de Buenos Aires / Universidad del Cine.


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martes, 28 de febrero de 2012

Reflexiones: Dolina y el aprendizaje

LA AVENTURA DEL CONOCIMIENTO Y EL APRENDIZAJE
Por Alejandro Dolina

La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos. Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces. En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse. Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad. Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero. Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.

En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: "....haga el bachillerato en 6 meses, vuélvase perito mercantil en 3 semanas, avívese de golpe en 5 días, alcance el doctorado en 10 minutos....."

Quizá se supriman algunos.... detalles. ¿Qué detalles? Desconfío. Yo he pasado 7 años de mi vida en la escuela primaria, 5 en el colegio secundario y 4 en la universidad. Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas, no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.

¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.

A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número. Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las "señoritas livianas", los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que nos ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.

Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros. Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio.

Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando "Desde el Alma" sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro.

Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa. Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente. Gane mucho "vento" sin esfuerzo ninguno. No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable. ¡No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera!

El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuanto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. "Nunca termina uno de aprender" reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.
(…)
Elogio de la ignorancia: Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego. Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba.

Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida. De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
(…)
ALEJANDRO DOLINA


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miércoles, 28 de diciembre de 2011

Reflexiones: Borges y las neurociencias

Borges se anticipó medio siglo a las neurociencias. Hace 70 años, Borges analizó el tema en su cuento "Funes el memorioso". Un investigador analiza cómo el escritor exploró en su obra los rincones de la memoria.

“Borges dice que alguien como Funes, con una memoria infinita, no es capaz de pensar, de abstraer. Lo que yo argumento es que alguien como Funes y probablemente personas con autismo, justamente no tendrían el tipo de neuronas abstractas que yo descubrí. Lo increíble es que Borges publicó esta historia en 1944 y sus razonamientos fueron brillantes, mucho antes de que existiera todo el conocimiento que tenemos ahora de cómo funciona la memoria. De hecho me sirven para entender mejor cosas que estoy investigando en 2010", asegura Quian Quiroga. Desde 2005 fue probando la existencia de estas neuronas que responden a grados de abstracción muy importantes, neuronas involucradas en un proceso intelectual muy elevado. "Es posible que estas neuronas relacionen la percepción con la memoria creando la codificación abstracta que usamos para almacenar recuerdos –teniendo en cuenta que tendemos a recordar conceptos y a olvidar detalles irrelevantes–. Si estas neuronas faltan, la capacidad para generar abstracciones sería limitada, lo que lleva a patologías como el autismo o a personajes como Funes. Lo sorprendente es que Borges describió con precisión los problemas de capacidad de memoria distorsionada mucho antes que la Neurología", dice Quian Quiroga en un artículo publicado en febrero (de 2010), en la revista Nature.

Funes, escribió Borges, era "virtualmente incapaz de ideas generales, platónicas (...) Su propio rostro en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez que las veía (...) Pensar es ignorar (u olvidar) diferencias, generalizar, abstraer. En el prolífico mundo de Ireneo Funes no había nada más que detalles".

Quian Quiroga visitó a la viuda de Borges, María Kodama, quien lo invitó a la biblioteca privada del escritor. Allí, descubrió anotaciones de Borges, como una en "The mind of man", del psicólogo Gustav Spiller, de 1902. "Recuerdos de vida, página 187", escribió Borges. En esa página, Spiller estimaba la cantidad de recuerdos de una persona en distintas etapas de la vida: cerca de 100 los primeros 10 años, 3.600 hasta los 20, 2.000 más entre los 20 y 25, llegando a 10.000 a los 35 años. Spiller también explica cuánto tiempo se necesitaría para recordar todo. Dice Borges de Funes: "Dos o tres veces había reconstruido un día entero; nunca se había equivocado o titubeado pero cada reconstrucción había demandado un día entero".

Por: Mariana Iglesias
Fuente: www.clarin.com, primera semana de febrero de 2010.

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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Reflexiones: Las manos en la masa

Por: Angélica Gorodischer

(…)
Hasta que tuve mi primera cocina y me encomendé al Señor y a toda Su Corte Celestial pero no hubo caso. Yo no sabía hacer un huevo frito. Claro que un huevo frito bien hecho no es tan fácil como parece, pero fácil o difícil, no sabía. No sólo no sabía cómo se hacían las costillitas à la Villeroy, sino que no sabía cómo se hervía una papa. Cometí todas las torpezas que pedirse puedan.

Es que además yo tenía puestos los ojos y el alma en otra actividad: yo quería escribir novelas. Y las dos cosas, vea, no andan bien juntas. Si una es una excelente cocinera, ¿cuándo escribe novelas? Si una escribe novelas, ¿cuándo cocina? La única manera de aunar ambas actividades sería no dormir, no rascarse, no salir, no bañarse, no mirar por la ventana, no, no, no. Y sobre todo no tener bebés. Ah, no, un momentito, pare la mano. Queríamos tener bebés. ¿Qué hace una ante semejantes dilemas? Lo que hice yo, sin mucha originalidad: una va y se refugia en las recetas.

Segunda época de mi vida en la cocina: recetas. No sé si las recetas no son otro género literario, francamente. Aprendí enseguida la jerga de las recetas: rehogue, añada, deje reposar, claras a nieve, diluya, exprima, pase por el cedazo, cuele, y así de seguido. Y un buen, un maravilloso día, me convertí en traidora. Tercera época de mi vida en la cocina: la traición. Ese día busqué una receta para ver cuánta manteca tenía que agregar a noséqué, y no la encontré. Y como estaba apurada, puse la manteca a ojo con un poco de miedo, lo confieso, y la cosa esa que no me acuerdo de lo que era salió espectacular.
(…)
Todavía no escribía novelas, escribía cuentos y me sentía feliz escribiendo. Pero la cosa es que, aunque no me lo confesaba, también me sentía feliz cocinando. Tanto que, ahora no, ya no, pero durante mucho tiempo, años, cuando me hacían una entrevista y me preguntaban si tenía un hobby yo contestaba "la cocina y el jardín". Durante años daba gusto meter las manos en la harina, picar ajo y perejil, batir huevos, agregar a último momento los champignones, rociar con caldo y cognac lo que se estaba cocinando en el horno, pasar por maicena los trozos de chocolate para que no se deshicieran cuando horneara la torta, vigilar el punto del arroz para hacer torrecitas blancas al lado del pescado marinado y cocido en la tinta de los calamares, mezclar el almíbar con la yema del huevo, agregar cebolla rallada a la ensalada alemana de papas.
(…)
Cociné durante cincuenta años. Mal al principio. Qué digo mal. Horriblemente mal. Un espanto. Un poco, sólo un poco mejor cuando me agarré de las recetas. Bastante mejor cuando me convertí en traidora. Bien cuando empecé a decidir por mi cuenta. Muy bien mientras mis cuentos crecían y de tanto en tanto alguien me daba un premio. Y una maravilla de ahí en adelante cuando me largué a la novela como quien cierra los ojos, levanta los brazos por sobre la cabeza y se zambulle.

Mis primeras novelas no eran muy buenas. Venían a ser como el paso de mi primera a mi segunda época de cocina. Pero, atención, aquí digo gloria y honor a los editores. No a todos, atención, ¡por supuesto que no! A los que dijeron "Bueno, no es ninguna maravilla pero quién sabe; vamos ver, vamos a editar esto". A Daniel, a Jorge, a Paco. Después traicioné a mis padres y a mis madres y empecé a cocinar, digo a escribir novelas, bastante mejor de lo que lo había hecho hasta el momento. Y un día, buen o mal día, según se mire, descubrí que estaba harta de cocinar. Que cincuenta años era una buena performance y que basta.
(…)
Otro buen o mal día me dediqué a burlarme de la cocina. Y con cuatro amigas (Hilda Rais, Ana Sampaolesi, Elvira Ibarguen, Virginia Haurie) escribimos Locas por la cocina con ilustraciones del Negro Fontanarrosa. Advertencia: que a nadie se le ocurra poner en práctica ninguna de las recetas que damos en ese libro, si no quiere morir envenenado entre estertores y convulsiones. Hay una sola, una sola receta verdadera, la de la cabeza guateada, que, sí, señoras y señores, es una receta de mi papá, el que entraba a inspeccionar las cocinas de los restaurantes a los que nos llevaba. Las otras son pura fantasía.

Ya no entro a la cocina más que para lo indispensable. Una torta una vez por semana cuando vienen las amigas a tomar el té. Un postre de vez en cuando si invito a alguien. Y nada más. Pero le debo a esa parte de la casa que da al jardín lleno de césped y árboles, una montaña de felicidad. Hay que entrar a la cocina, mujeres, no tengan miedo. Pero hay que saber salir. Escribir novelas es un buena puerta, ancha y lujosa. Pero hay otras: solamente hay que prestar atención, encontrarlas y arremeter.

Fragmentos del artículo “Las manos en la masa” publicado el 20 de enero de 2010 en la edición digital de la revista de cultura Ñ. Fuente: Clarín.com


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jueves, 27 de octubre de 2011

Reflexiones: A favor de la lectura lenta, olvidándonos del tiempo

Los métodos de lectura veloz no sirven para la literatura, según un escritor australiano.



Algo de esto se preguntaba el 16 de diciembre de 2009 en un blog del diario inglés The Guardian el escritor australiano Evan Maloney.


Maloney empezaba su artículo citando un caso extremo: el crítico Harold Bloom. Bloom decía que, en sus buenas épocas, podía leer hasta 1.000 páginas por hora. ¡Mil páginas por hora! "Podía haber digerido Jane Eyre durante la hora de almuerzo y todavía hubiera tenido tiempo para masticar la mitad del Ulises antes de volver a sus clases", se ríe Maloney.


Pero fuera de estos fenómenos, Maloney ofrece un dato: el lector medio avanza por la prosa a razón de 250-300 palabras por minuto, lo que no suele dar ni siquiera una página en el tiempo en que Bloom habría acabado 16. Y cuanto más rápido lee ese lector promedio, menos entiende. Para qué, se pregunta el autor, para qué apurarse en leer, salvo para fanfarronear de todo lo que se ha leído. La cuestión, entonces, será cómo se han leído esos libros, prestando cuánta atención.


"La mayoría de los cursos de lectura veloz le enseñan a la gente a leer las palabras sin formarse la imagen mental de los sonidos correspondientes", dice Maloney.


Hay otro tipo de método de lectura veloz, cuenta el australiano. Consiste en detectar las palabras clave de cada oración, de un golpe de vista, e ignorar las otras. Maloney dice que trató de hacerlo, leyendo Ana Karenina, de León Tolstoi. Especialmente en los pasajes en que uno de los personajes, Levin, despliega sus teorías. "Una parte de mi mente se concentraba en los pensamientos y acciones de Levin", dice. "Pero otra parte se dedicaba al proceso de lectura veloz. '¿Cuáles son las palabras clave?', me preguntaba". A veces, esta pregunta lo distraía completamente y Maloney notaba que había leído varios párrafos sin retener nada.


Claro, el problema es la noción de lectura veloz, de lectura de palabras clave, aplicado a la literatura.


¿Acaso los grandes novelistas del mundo pasaron años sufriendo por el tono y el ritmo de cada palabra para que un lector posmoderno, preocupado por hacer rendir su tiempo, pase por ellas en diagonal? "No creo", responde Maloney. "La lectura veloz puede ser una herramienta efectiva para documentos de trabajo, textos escolares y cartas de amor no correspondido, pero la prosa de la gran literatura debería ser saboreada ... ¿no? Parte del placer de la lectura viene de 'escuchar' a nuestro paladar psíquico pronunciando las palabras en el oído de la mente".


No se trata solamente, claro, de este placer estético. Además, si uno no es Harold Bloom, probablemente pierda gran parte del sentido de una obra si se apura por terminarla rápido. "Leer velozmente es como tratar de apreciar una vista de París andando por sus calles a 200 kilómetros por hora", dice Maloney.


Sí, termina Maloney esta es la era en que medimos la velocidad de una conexión a Internet en fracciones de segundo y expresamos sentimientos en SMS escribiendo cosas como "tkm" (te quiero mucho). "Pero no estoy convencido de que debamos ajustar nuestros hábitos de lectura a la velocidad de la vida moderna. En cambio, la lectura debería ser un placer en el que el tiempo se olvida, aunque sea por un momento".



Nota publicada en Clarín digital el 17 de diciembre de 2009. Clarin.com



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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Reflexiones: Aprendizaje, desafío y el arte de las palabras


Eduardo Galeano

La desmemoria, la política y el miedo, algunos de los temas recurrentes en los libros del escritor y periodista Eduardo Galeano, también estuvieron presentes el 29 de septiembre de 2009 en Madrid, en el acto de entrega de la Medalla de Oro que el Círculo de Bellas Artes concedió al creador uruguayo. Tras la entrega de la medalla por parte del presidente de esta entidad, Juan Miguel Hernández León, que destacó la "mirada crítica, lirismo, agudeza, compromiso y sensibilidad" de Galeano, el escritor agradeció el galardón y desgranó, en tres historias, lo que, para él, es "el desafío en el arte de narrar".

"Para expresar mi gratitud a esta alegría inmensa que me han regalado no encuentro mejor manera que contar tres historias. No son inventadas por mí, sino que son por mí vividas.

"La primera es sobre mi aprendizaje. Yo no tuve la suerte de conocer a Sherezade. No aprendí el arte de narrar en los palacios de Bagdad. Mis universidades fueron los viejos cafés de Montevideo. Los cuentacuentos anónimos me enseñaron. En la poca enseñanza formal que tuve –porque no pasé de primero de Liceo– fui un pésimo estudiante de historia. Y en los cafés descubrí que el pasado era presente. Y que la memoria podía ser contada de tal manera que dejara de ser eterna para convertirse en ahora.

"No recuerdo la cara ni el nombre de mi primer profesor. Pero él contó una historia de 1904 –por la edad se veía que él no había nacido en aquel entonces–, pero la contaba como si hubiera estado ahí. Fue mi primera lección: el arte es una mentira que dice la verdad. Y escuchando aprendí que se puede contar lo que pasó de tal manera que vuelva a ocurrir cuando uno lo cuenta. Que pueda uno escuchar ese remoto trueno de los cascos de los caballos. Y que pueda uno ver las huellas de arena aunque el suelo sea de baldosa o de madera.

"Y aquel hombre para decir la verdad mintió que él había recorrido las praderas ensangrentadas después de la batalla y había visto los muertos. Y uno de los muertos dijo –era un ángel, un muchacho bellísimo con la hincha blanca, roja de sangre–: Por la patria y por ella más.

"Un segundo relato sobre mi primer desafío en el arte de narrar. En un pueblo boliviano, un día de laguna –Laguna devoraba a sus hijos metidos en los socavones de las tripas del estaño–, los mineros perseguían las vetas de estaño y en esa cacería perdían en pocos años los pulmones y la vida. Yo había pasado un tiempo ahí, me había hecho algunos amigos y había llegado la hora de departir. Estuvimos toda la noche leyendo, los mineros y yo, cantando y contando chistes, a cual más malo. Cuando ya estábamos cerca del amanecer, cuando poco faltaba para que el chillido de la sirena los llamara al trabajo, mis amigos callaron todos a la vez y alguno preguntó, pidió, mandó: Y ahora hermanito, dinos cómo es la mar. Yo me quedé mudo, pero insistían, cuéntanos, cuéntanos cómo es la mar. Ninguno de ellos iba a verla nunca. Todos iban a morir temprano. Y yo no tenía más remedio que traerles la mar. La mar estaba lejísimos y yo tenía que encontrar palabras que fueran capaces de mojarlos.

"Y la tercera historia sobre los extraños viajes de las palabras. Hace pocos meses, ante los estudiantes mexicanos leí algunos relatos. Uno de ellos, de mi libro Bocas del tiempo, contaba que el poeta español Federico García Lorca había sido fusilado y prohibido durante la larga dictadura de Franco. Y que un grupo de teatreros del Uruguay había estrenado una obra suya en un teatro de Madrid, al cabo de tantos años de obligado silencio. Y al fin de la obra esos teatreros no habían recibido los aplausos esperados; el público español había aplaudido con los pies pateando el piso. Y ellos se habían quedado estupefactos. No entendían nada. Tan mal habían actuado –pensaban–. Cuando me lo contaron pensé que quizás el trueno sobre la tierra había sido para el autor fusilado por rojo, por marica, por raro… Una manera de decirle: Para que sepas Federico lo vivo que estás. Y cuando lo conté en la Universidad de México me ocurrió lo que nunca me había ocurrido en las otras ocasiones en que había contado esa historia. Los estudiantes aplaudieron con los pies. Miles de pies pateando el piso con alma y vida. Y así continuaron mi relato y continuaron lo que mi relato contaba como si eso estuviera ocurriendo en un teatro de Madrid unos cuantos años antes. Ese segundo trueno sobre la tierra estaba también dirigido al poeta fusilado y era también una manera de decirle: Para que sepas, Federico, lo vivo que estás."

Eduardo Galeano, escritor y periodista. Alma crítica de América Latina y figura señera del movimiento antiimperialista internacional. Entre sus escritos más conocidos internacionalmente: la trilogía Memoria del fuego (1986), El fútbol a sol y sombra (1995), Las venas abiertas de América latina (1971), Patas arriba. La historia del mundo al revés (1999).


Fuente: La Jornada, 30 septiembre 2009.


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jueves, 25 de agosto de 2011

Reflexiones: la Historia como relato

El pasado se construye como un relato condicionado por la ideología y la actualidad. Según el narrador y ensayista Horacio Vázquez-Rial, la historiografía tiene pasadizos que conectan con la ficción.


 
“La historia no es una sucesión de acontecimientos, sino un relato.

“Hay quien concibe la Historia, con mayúscula, como ciencia. Esa es la idea dominante y con ese criterio se enseña en las universidades, donde también se dice que su objeto es el pasado. Yo abrigo serias dudas, tanto respecto del carácter científico de la materia, como de su objeto.

“La historia deviene ciencia cuando los historiadores deciden fundar toda su actividad en los documentos, entendidos por tales cualesquiera vestigios del pasado de origen comprobable. Pero el documento no siempre es fiable ni suficiente. Y, de hecho, grandes porciones del pasado han sido construidas en su conjunto a partir de muy escasos elementos. Contamos, por ejemplo, con una reducida porción de las tragedias y las comedias que se escribieron en la Grecia antigua, y lo mismo sucede con los textos de los filósofos. Eso sí: aquellos que poseemos han tenido una enorme influencia sobre su posteridad, en gran medida porque se los ha leído (o representado) una y otra vez a lo largo de los siglos, obteniendo de ellos en cada ocasión nuevas iluminaciones y novísimas interpretaciones; lo que equivale a decir que han sido releídos a la luz de diversos presentes. (...) El pasado, ese pasado, el histórico, está lleno de presente.

“Heisenberg estableció, para las ciencias duras, que la mera presencia de un observador altera las experiencias de laboratorio. Las llamadas ciencias blandas, sociales o del hombre, en cuyo marco se debe inscribir la Historia, se construyen casi exclusivamente sobre la experiencia del observador. Quien, además, es un narrador, con todo lo que ello implica: subjetividad, punto de vista, selección de escenas o momentos mas o menos importantes y, por supuesto, ideología. Es el historiador, el narrador, el que elige y desarrolla, exactamente igual que se escribiera una novela, aunque al amparo del documento.
(...)
“... todo lo que sabemos sobre los antiguos galos se debe a Julio César. No es Heródoto quien orienta a Schliemann en la búsqueda de Troya, sino Homero, (...) los dos son padres de la Historia: los dos narradores.

“Y es que la historia no es una sucesión de acontecimientos, sino un relato; bien que de acontecimientos del pasado pero escogidos con criterios del presente. No hay que preocuparse por ello, puesto que lo que se busca no es reconstruir el pasado, sin obtener de lo que se sabe y de lo que se va sabiendo del pasado, una verdad. El pasado no es restituible, en la misma medida en que no es restituible el tiempo. (...)

“En ese sentido, la cartografía es también un relato. Posee otro de los rasgos de la ficción: representa a escala y es cambiante y perfectible. Norte y Sur, Este y Oeste, son convenciones: Buenos Aires está al oeste de África, pero también está al este del mismo continente. Y está al sur de Brasil únicamente porque decidimos llamar sur a esta parte del planeta y la europeidad de los mapas ha puesto el norte arriba en los globos que figuran el mundo.

“Todo esto me parecería un asunto especulativo y vano, de no ser porque narrar es imponer un orden a lo real, y ese orden, como mencioné de pasada más arriba, es ideológico. No importa de qué ideología se trate, (...) si existe una historia en la que es posible negar determinados hechos, todos corremos el riesgo de hacer lo mismo en más de un momento.

“De ahí que descrea de la expresión ‘memoria histórica’ y de la práctica de ella derivada. O hablamos de memoria, que es un proceso individual, selectivo y lleno de olvido, porque sin olvido no sería posible vivir, o hablamos de historia, que es algo del todo distinto: un proceso colectivo, de estudio y acumulación, en el que tiene un papel central la lucha contra el olvido, el olvido en general, y no en especial el olvido de la injusticia, en cuya función se ha acuñado la fórmula. La lucha mediante la cual se procura que determinadas injusticias no sean olvidadas, y hasta que de su recuerdo surjan compensaciones, es una lucha que, por prolongada que parezca, no afecta en cada caso más que a una o dos o tres generaciones: se mide en las categorías temporales de la vida individual. La historia, en cambio, no está llamada a la reparación, sino a la constancia, a la integración de cada experiencia en el conjunto de toda la especie.

“Si se pretende que la historia dé fe de algo, hay que reelaborar la memoria. Ninguna fuente es menos precisa que la oral, y sólo rinde un fruto apreciable en la medida en que las voces atendidas sean muy numerosas y sea posible apuntar con certeza a las contradicciones y a las coincidencias de protagonistas y testigos.”


Fragmentos de una nota titulada “La historia canta en presente”, de Horacio Vázquez-Rial, publicada en la Revista Ñ del 28 de febrero de 2009, pág. 17.

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miércoles, 27 de julio de 2011

Reflexiones: Zoología y Literatura

“Robinson Crusoe sobrevive al naufragio y encuentra refugio en una isla. A partir de ese momento, su vida se resume en el título de la obra del poeta Hesiodo: los trabajos y los días. En tanto humano, para vivir, Robinson necesita hablar y que le hablen. Es por eso, que antes de la existencia de Viernes, aparece un extraño personaje: ‘Vi abundancia de papagayos’ (...) La voz del papagayo es el espejo de la conciencia de Robinson y de las preocupaciones que lo acucian. (...)


“El hecho de ser nombrado lo ha devuelto a su condición humana. Robinson no lo olvidará y cuando abandona la isla, se lleva al papagayo con él. Roland Barthes escribe en Cómo vivir juntos (hablando) que el diálogo con el papagayo suscita un Tú. (...) ‘Pero es imposible hacerse decir Tú por un objeto. De allí el carácter irreemplazable del loro de Robinson Crusoe: al recibir su nombre se mantiene como persona humana’.


“En su Historia de los animales, Aristóteles también concede al loro, en tanto habla y se embriaga, dimensión humana. (...)


“El loro no sólo habla, sino que cuenta. La tradición oral de los ‘cuentos verdes’ encuentra por la metonimia de las plumas la vía verde con que se los designa en la lengua. Enrique Anderson Imbert en su recopilación Los primeros cuentos del mundo los adscribe al género de la picaresca. (...) Un breve relato recopilado por Imbert sitúa al loro en la tradición de ‘cuentero’ o alcahuete del patrón. Cuentos de un loro famoso en la India es Shukasáptati (‘setenta cuentos’ de un loro). El original se ha perdido y se conservan ediciones muy alteradas; la más vieja en sánscrito, data de varios siglos después que los cuentos fueron compuestos. De todos modos, es anterior al siglo XI.


“Aprovechando que su marido ha partido para un largo viaje, una señora se dispone a salir en busca de hombres que la consuelen, pero un loro la retiene en la casa contándole un cuento; cuando llega al punto culminante ya es demasiado tarde para que la señora salga. Así sesenta y nueve noches. Cuando el marido regresa, el loro cuenta el septuagésimo y todo termina en una fiesta. El loro, cumplida su misión, sube al cielo.


“En ‘Historia del marido y el papagayo’, en Las mil y una noches, se repite la anécdota de la infidelidad. El loro queda vigilando a su ama quien, para engañarlo, ordena a los esclavos que le arrojen lluvia sobre la jaula, que hiciesen con la boca ruidos semejantes al del trueno y que de vez en cuando, ‘a la claridad de una luz amarillenta, diesen vueltas a un espejo a la vista del papagayo’. Cuando retorna su amo y le pregunta al loro por el comportamiento de su mujer, ése le responde que la lluvia, los truenos y los relámpagos le han impedido observar nada. Como el clima es apacible, su dueño piensa que lo ha engañado y termina matándolo. Seguramente en el Río de la Plata se encuentren variantes de esta versión de Las mil y una noches; sólo que esta vez un loro hace de Scherezade, ya no para salvar su cabeza, sino los cuernos en la cabeza de su amo.
(...)
“El Bestiario de Indias de Alberto Salas, citando al Inca Garcilazo, lo describe de esta manera: ‘Los españoles llaman a los papagayos con diferentes nombres, por diferenciar los tamaños. (...) a otros mayores que hablan más y mejor que los demás llaman loro’. Lo que diferencia al loro es que habla más y mejor. Esta significación está presente en la expresión ‘habla como un loro’ y este cotorreo designa ese exceso, que puede transformarse en una jerga incomprensible.


“En América este Bestiario de Indias retorna de manera bestial cuando el ‘loro o lorito’ es el soporte de un instrumento de tortura para hacer hablar.(...)


“Los loros hablan y por ello tienen un hombre. (...) El nombre tiene significación lo que también se lee en la novela de Antón Chejov Extraña confesión. (...) La novela de Chejov cuenta la historia de un juez de instrucción que comete un crimen. El loro parece haber presenciado ese crimen y se transforma en la voz de su conciencia. ‘¡El marido ha matado a su mujer!’ La voz del loro repiquetea de manera pesadillesca hasta que el asesino termina matándolo. Pero lo mismo que en el cuento de Flaubert en que un personaje, acusado de matar un loro, se defiende diciendo: ‘No soy un asesino’. Es como si en lugar de matar un animal hubiese asesinado a un ser humano. Es que el loro lo es, porque habla. Antes de que Konrad Lorenz hablara con los animales y la etología se transformara en una ciencia, el loro es voyeur, es testigo, es cuentero porque, como ‘dice’ en Las mil y una noches, ‘no sólo hablaba muy bien, sino que tenía la cualidad de charlar todo lo que se hacía delante de él’”.


Fragmentos de una nota titulada “El loro: ese mártir de su propia voz”, de Luis Gusman, publicada en la Revista Ñ del 28 de febrero de 2009, págs. 12 y 13.


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lunes, 27 de junio de 2011

Reflexiones: los medios y el artista


“Yo veo lo que hago como un esquema de cuatro círculos concéntricos. El círculo mediático es muy importante, pero es el más externo. Luego viene el laboral: me gano la vida con esto y, como un trabajo, me interesa hacerlo dignamente y cobrar bien. El tercero es el artístico: la canción es mi género, y lo voy desarrollando a lo largo del tiempo, practicando y estudiando, como si fuera un karateca o un médico. Quiero escribir cada vez mejor. El más interno de los círculos es el personal: la canción, además de una forma de ganarme la vida, es un medio de desarrollo personal, me sirve para conocerme, me acompaña, es una descarga, un estimulo, también un agobio. Te repito: lo mediático es lo exterior. Si fuera un genio, no necesitaría hacer entrevistas, pero no soy ingenuo; sé que si desaparezco de los medios de difusión, poco a poco desaparezco también de las disquerías y de la taquilla de los conciertos. Y uno canta para que lo escuchen”.

Jorge Drexler, músico.


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jueves, 26 de mayo de 2011

Reflexiones: la palabra silenciada

TODOS LOS CÓDIGOS DE COMUNICACIÓN HUMANA SUPONEN EL USO DEL SECRETO: LA PALABRA SILENCIADA, ESCONDIDA

Según el sociólogo francés Claude Giraud: “el secreto es una práctica social. (…) La práctica social del secreto tiene como punto en común lo indecible, el silencio, la separación, la mentira, el olvido. El secreto es una práctica social de ruptura, de transformación o de selección operada en la transferencia de informaciones. Es una palabra silenciada, una información que no puede o no quiere ser dicha o no puede ser conocida de cualquier forma que sea. Para proteger esta información escondida o, bien, callada, se imponen la separación y la mentira. La condena del secreto proviene de este empleo de la mentira y de la imposibilidad de la confesión que contiene todo secreto y por ello mismo del reconocimiento eventual de la falta.”

Si querés seguir leyendo este artículo, hacé clic en:
https://docs.google.com/document/pub?id=1XhrFBlrX70UULjrBBnYU0PJWisNK8WhDA8B-xMjAKB4


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sábado, 30 de abril de 2011

Reflexiones: sobre el acto de escribir

Comenta en una entrevista Daniel Sada, poeta, cuentista y novelista mexicano:

Escribo porque es un reto. Yo escribo por entusiasmo. Mi acceso a la literatura es con un goce y un placer absoluto. No escribo por desesperación ni por angustia ni porque me sienta en la incertidumbre de no entender el mundo. Yo creo que el acto creativo tiene que ser absolutamente gozoso. De pronto, claro, el gozo se permea con la angustia, con las bajas pasiones, con todo lo feo y lo horrendo del ser humano, pero ante todo está el gozo. Un creador necesita como premisa establecer una pasión gozosa.

Juan Rulfo fue mi maestro. (...). Él no era muy intelectual, era un artista y era muy intuitivo. Sobre la base de esa intuición, yo me formé. No era un teórico, no le interesaban los estilos, sólo quería que los personajes estuvieran sólidos y que la trama fuera lo suficientemente fuerte e impactante. Eso es lo más importante y ha sido una lección para mí.

Preguntado sobre si considera que es posible enseñar a escribir responde:

Los talleres no son fábricas de escritores, no se puede inocular talento, como decía Longino, el crítico de la Antigüedad. Hay cosas que se aprenden y cosas que no. Yo puedo enseñar técnicas narrativas, gramática, análisis de personajes, pero no a tener grandes ideas ni grandes emociones. Eso no lo puedo hacer.
(...)
Lo único que encuentro de diferente entre la literatura clásica y la actual es el mercado. Un autor como Homero o como Sor Juana Inés de la Cruz jamás pensarían en él. ¿O habrá pensado Cervantes cuántos ejemplares del Quijote iba a vender? La venta, la difusión de los libros no estaba en la mente de los escritores clásicos. Y si bien gran parte de la literatura que se escribe actualmente está en función del mercado, sustraerse de él es casi imposible.

Yo no puedo sustraerme del mercado. Sé que si me vuelvo muy descriptivo en mi prosa, voy a quedarme afuera y el mercado lo determinan ni más ni menos que los mismos lectores.La gente que nos lee actualmente es gente que va al cine, que ve televisión, es gente que utiliza Internet. El lector de hace algunos siglos no tenía esa referencia, se concentraba en el papel. Tampoco quieren descripciones muy detalladas, porque ya tienen la cultura de la imagen. Ahora las descripciones deben ser rápidas y precisas, no hay lugar para los hermanos Gouncourt que se tomaban quince páginas. Aunque yo tenga mis ritmos, tengo que buscar la rapidez, porque el lector actual es un poco exasperado. En las universidades norteamericanas se está analizando el problema de la concentración en la lectura y si antes un estudiante de Harvard leía tres horas diarias, ahora difícilmente lo haga más de una hora. El mundo moderno nos instala una gama de distractores por todos lados. Estamos saturados. Uno tiene que tener en cuenta el hecho de que el lector se puede escapar en cualquier momento. (...) Como diría Rubem Fonseca: el que ha muerto es el lector, no la novela”.

El castellano neutro no me convence para nada. Los argentinos deben escribir como los argentinos y los mexicanos como tales. Si nos ponemos a buscar un lenguaje neutro, le quitaríamos toda la fuerza al castellano. Yo siento, y esto ya lo decía Alfonso Reyes, que para que las lenguas se mantengan vivas necesariamente se tienen que contaminar de localismo, del barrio y de otras lenguas si se puede. Mientras están contaminadas están vivas. Si apostamos por un lenguaje neutro matamos nuestro idioma, como le pasó al latín culto.

Fragmentos de una entrevista realizada por Guido Carelli Lynch publicada en la Revista Ñ del 14 de febrero de 2009, págs. 18 y 19.

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